Bombardeo de La Moneda, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973
Hoy se cumplen 50 años del golpe de Estado en Chile, el 11 de septiembre de 1973.
La dictadura chilena partió a Chile en dos. Produjo más de 3.000 muertos y desaparecidos, detuvo y torturó a más de 37.000 hombres, mujeres y adolescentes (Comisión Rettig, Comisión Valech, Comisión Valech II, Amnistía Internacional) y produjo 200.000 exiliados (Archivo Nacional).
Las dictaduras nunca se producen solas. En 1973 hubo muchos chilenos que apoyaron el golpe. Hoy, aún hay chilenos que consideran que los atentados contra los derechos humanos no fueron para tanto. La reflexión, la responsabilidad y el recuerdo de las víctimas se presentan como una tarea primordial para que las dictaduras no vuelvan a repetirse.
He aquí una reflexión personal (de hace 10 años) de una española que se siente a ratos chilena y de una chilena que es absolutamente española:
No me gusta que me roben lo que es mío
Pertenezco a esa generación de niños que les tocó, tras el bombardeo de La Moneda, nacer en otro país. Ahora somos adultos sin raíces, tal vez cosmopolitas, multiculturales, pero con familias disgregadas, con hermanos, primos, tíos, padres y abuelos a miles de kilómetros de distancia.
Soy una española que toma tecito todo el día, que duerme con guatero, que lee a Neruda y a la que le encanta el manjar. Poseo la sensibilidad y la dulzura chilena, y la alegría y la mala leche española. Tengo una parte chilena, otra española y otra catalana, y las disfruto todas. Pero no me gusta que me roben lo que es mío. Y aquel 11 de septiembre a muchos futuros niños se les robó una parte de sus raíces, una parte de su libertad. Hubo más de 200.000 exiliados, los hijos de los cuales perdimos para siempre una parte de nuestra identidad.
Mi padre se fue de Chile en noviembre del 73. Mi madre se reunió con él en Italia en el 74. De Italia pasaron a Hungría, y de Hungría, a España. Yo nací en Barcelona en el 75. Mi abuela Marina, una mujer de izquierda, intelectual y fascinante, fue torturada en cuatro centros de detención y tortura chilenos. Nunca quiso hablar abiertamente de las atrocidades que le hicieron. La liberó (al cabo de cuatro meses) su tío segundo el cardenal Silva Enríquez, un personaje importante en Chile, admirado por los momios católicos y defensor de los derechos humanos.
Según la Comisión Valech (2003–2010) y la Comisión Valech II (2010–2011), hubo más de 30.000 personas que fueron detenidas y torturadas bajo la Dictadura Militar. Hubo 3.065 muertos y desaparecidos (entre ellos nueve mujeres embarazadas y 307 bebés, niños y adolescentes). Ninguno de ellos tuvo a un tío cardenal que los sacara de ese infierno. Cuesta entender que haya gente hoy en día que siga idealizando un régimen de tortura y horror que partió a Chile en dos para siempre y dejó una mancha de sangre, humillación y vergüenza en su historia.
Hoy soy una persona sin raíces. Me adapto como un camaleón al país que sea, al idioma que sea, a la gente que sea. He formado mi propia familia (porque la otra, la disgregada, apenas existe ya), una familia multicultural que habla español, inglés y hebreo. Mi marido nació en Jerusalén; sus padres son judíos y norteamericanos. En casa comemos tortilla de patatas, crema catalana, falafel, chocolate chip cookies, aguacate (palta) y maíz (choclo). Nuestros hijos Yael, Itay y Dalit meriendan churros, celebran el Tió, encienden velas en Hanukkah y adoran el cuento mapuche El día que Txeg Txeg y Kay Kay no se saludaron.
En casa tenemos cuatro pasaportes diferentes. A mi marido le dieron los pasaportes israelí y norteamericano cuando nació. Yo obtuve la nacionalidad chilena solo a los 33 años. Pinochet decidió que los hijos de los exiliados no teníamos derecho a ser chilenos. Más que de un castigo, se trataba de una humillación. Muchos de aquellos niños no tuvieron tanta suerte como yo (yo fui española desde que nací) y fueron apátridas por mucho tiempo. Las navegaciones y regresos de mis padres y de los padres de mi marido son muy diferentes. Mis suegros emigraron de EEUU porque quisieron ir a vivir a Israel. Nadie había hecho desaparecer a sus vecinos, sus amigos o sus familiares; se fueron a un nuevo país con ilusión. Mis padres, al contrario, tuvieron que huir de Chile con miedo e incertidumbre. Vivieron en Italia y en Hungría antes de aterrizar en España; siempre les quedó ese agujero en las entrañas, la terrible sensación de que habían sido expulsados de su país y de que tal vez nunca podrían regresar. Mi padre volvió al cabo de 15 años a Chile, en 1988, porque, según él, echaba de menos las marraquetas.
Yo no soy nacionalista. No puedo serlo, porque no tengo nación. Pertenezco a varios mundos y, a la vez, me siento extraña en todos ellos. La Beca Pinochet dejó a todos aquellos niños a los que nos tocó nacer en otro país como flotando por el espacio. Somos extranjeros en todos lados. A mí me encanta vivir sin fronteras, pero me hubiera gustado haber podido escoger y no que me quitaran lo que era mío. Todos aquellos niños a los que nos robaron nuestra ciudad y nuestros abuelos perdimos, para siempre, algo inmenso y valioso. Pinochet nos robó una parte de la familia y un trocito de tierra que ya jamás serán del todo nuestros.
Antonia Tejeda Barros, Madrid, 11 de septiembre de 2013
(Post del 2013 –con comentarios- aquí).
Póster del legendario concierto de Amnesty International Chile, 1990: “Desde Chile, un abrazo a la esperanza”. Ilustración de mi padre, Juan Guillermo Tejeda Marshall
Antonia Tejeda Barros, Madrid, 11 de septiembre de 2023
Mother of three, sister, wife, Holocaust researcher (Tiergarten 4 Association, Berlin), Doctor in Philosophy (UNED, Madrid, cum laude), MA in Philosophy (UNED, cum laude), Bachelor of Music (Early Music, Recorder and Pedagogy, Koninklijk Conservatorium, The Hague), fibromyalgia warrior, and Woody Allen & Golda Meir fan